BLA BLA

jueves, 4 de agosto de 2011

Alto.


Y por ende, me despido de los versos.

No soy poeta, no soy escritora. No soy más que Constanza.

Silvestre y corriente, pero quizá distinta.



* Página uno.

lunes, 11 de julio de 2011

Bel sensible

Sensibilidad intensa, que avanza y contagia mi interior.
Lo sensible que me acepta y me deja botar lágrimas hasta por lo más anexo a mí.

Qué manera de llorar mientras veía la teleserie del trece. Ver que la muchacha se desvanecía por la muerte, ver que su amado la miraba con esos ojos azules de verdad, esa capacidad de fuerza del amar, y todo, todo después fueron promesas, promesas que infelizmente él repitió.

Me da igual sonar cursi, ser una de las personas más sensibles, porque todo me afecta, y hay veces que lo que veo,escucho, leo, etc, por mucho que sepamos que no pasa realmente, nos llega tan profundo como si lo hubiéramos vivido.
Pero yo he soñado tantas cosas feas porque en todas aparezco en un vacío muerta de pena.

Es difícil creer en los nunca y para siempre, muchas veces nos envuelve, para la mayoría termina en decepción, para otros alimentan el pecho de uno como una cruel ilusión.
Pero es mejor imaginarse el para siempre y el nunca, así para uno, calladito, la seguridad increíblemente se vuelve inseguridad, te intenta destruir.
Y aunque suene contradictorio lo que estoy diciendo...yo sé que uno no determina lo que pasa en el camino, pero al ir más allá de los sueños asqueroso que he llegado a tener, es que yo ruego que perdones mi sensibilidad. Mi ingenuidad para soportar el dolor y escuchar más a mi pecho que a mi cabeza, pero hay una seguridad que se mantiene vigente, y pretendo decirte nuevamente que sí creo en un siempre, no sé si sirva como argumento potente el que esté tan vivo desde el primer día que te conocí.
Han pasado más de dos años, sí, dos años y fracción y no he dejado de amarte, y a pesar de los quiebres, los dolores, Mi amor está vigente, y yo, si hay algo tan seguro en mi pecho y en mi cabeza, que permite que se unan, es que yo te amaré la eternidad. Sí, siempre.

Yo no creo que alguien pueda morirse de pena, no creo que la pena te deje sin latir en concreto el corazón, pero sí creo en esa muerte en vida, sobre todo cuando notas que no serás la misma, porque has perdido esa vida, la vida que compartiste con tu mitad.
Y siento que ese tipo de muerte, es la peor de todas.


Y Déborah murió, dejando a la pequeña Alicia en manos de Pedro.



Oh, Mar, Mar de mí.

viernes, 8 de julio de 2011

lunes, 27 de junio de 2011

Un viernes de la señora Dasy

Hacía frío esa noche, aún más para la señora Dasy.

Había pasado un tiempo, el que ella misma ha de contar cada vez que recuerda la música de su despertador, pero un día cuando despertó, decidió salir a dar una vuelta, pero con la convicción que iba a estar acompañada. Organizó una fiesta de té con sus amigas (o al menos eso creía): Con Stella, la pintora, Juliana, la contadora y con Elianires, su vieja conocida de hace unos años atrás. Tomó con firmeza su pluma y les envió a todas una invitación para juntarse en el salón de té que quedaba a pocos metros del paradero principal de Domitila Street, quiso que fuera más o menos tarde, cercano a las once de la noche.

A lo días recibió respuesta de Juliana y Stella, ya que de Elianires la recibió de inmediato. Todas aceptaron gustosas. El panorama estaba armado, entonces, era solo esperar que ese día viernes veinticuatro de 1947, colocaran su presencia elegante y no envidiable, en los cómodos asientos de dicho salón. La señora Dasy estaba entusiasmada, solo pretendía regalar una velada confortable a su grupo, hablar un poco de otras cosas, con el fin de sacar conclusiones de una vida diferente a la que estaba pisando. Sin embargo, jamás pensó que justamente ese día, viviría con todos sus sentidos esa vida diferente.

Ya a las ocho de la tarde, del día del encuentro, la señora Dasy tomaba un baño en su tina que se le había heredado su abuela paterna. Se la regaló para que valorara la limpieza que genera el deleitarse con dicha tina, decía que el agua emanaba destellos azules a la hora de evaporar, transformado cada friegue en la piel, una delicada y suave visión de lo que muchos querían portar en el cuerpo, sobre todo en el cuello: Lapislázuli.

Tuvo que haber sido cierta la historia contada por su abuela, porque la piel de la señora Dasy era hermosa, y su cuello tan resplandeciente, con un perfume no de la elegancia, pero era un perfume que todos sabían que era propio de ella. Muchos recordaban su presencia como aquella mujer, con el cuello blanco, y de rico olor, que se incrustaba en el color de sus labios pequeños como una cereza. Era deseable, muy deseable decían, pero nadie se atrevió en hacerlo notable jamás.

Mientras terminaba su baño, recibió una carta de Stella, diciéndole que Juliana tenía una tristeza tremenda a causa de su hijo menor, ya que había huido de casa con la prostituta de su barrio.

Eran cerca de las nueve y media, cuando la señora Dasy leyó aquello.

Al acabar su lectura, se dio cuenta que dentro del sobre había un manuscrito bien pequeño, casi para pensar que podría no ser percibido por la señora.

Ya se hacía tarde, y decidió leerlo cuando ya fuera de camino al encuentro. Desde su casa se demoraba cerca de una hora, por lo tanto, debía apurar un poco su trajín.

Al salir tomó un taxi que no tardaría más de cuarenta minutos en llegar al paradero. Mientras iba en camino, miraba a través de la ventana las luces de las calles, de las casas, del cielo. Siempre le ha gustado la noche a la señora Dasy, decía que le fascinaba ver la maravilla de la luz al anochecer. Concluía que la fantasía de las ampolletas lograba transmitir la naturalidad del paisaje, en cambio el penetrante rayo de sol alumbraba todo, pero no tenía otra función, le fastidiaba.

Recordó de pronto, el manuscrito de Stella, metió su mano congelada en su abrigo, prendió la luz que se encontraba en el centro del techo del taxi y leyó:

Sé que no leerás esto de inmediato, pero además de cumplir con informarte del caso de Juliana, yo tampoco podré ir, sé que es a última hora, que debes estar por llegar, y te aviso que yo no asistiré, debo terminar un cuadro que debe ser enviado a Mexico, al taller del señor Rivera mañana por la mañana, y estoy jugando mi talento en esto.

Lo siento, pero sé que no estarás sola. Diviértete.

Cariños.

Stella.

La señora Dasy no se extrañó, ni se colocó de alguna forma peyorativa, solo bajó el ventanal de la puerta del taxi, arrugó el manuscrito y lo tiró. No leyó el papel antes porque sabía desde un principio la farsa de este encuentro, pero supuso que al no recibir nada de Elianires, ella sí iría. No optó por cancelar el encuentro.

Ceca de las once de la noche, justo al pasar el trolebús, llegó la señora Dasy al paradero, se sentó junto a un guardia de Domitila Street y a un zapatero.

Pasaron tres trolebuses, pero en ninguno aparecía Elianires. Ya eran más de la once con quince, y el guardia le dijo a la señora Dasy que el último trolebús pasaba a las once con treinta, que después las luces se apagaban y la gente debía irse por el callejón Piotr para alcanzar algún taxi.

Comenzaba a bajar neblina, y la pobre señora comenzó a tener mucho frío, ya era tiempo de apagar las luces, y ella volteó hacia un costado para divisar entrecejo el salón de té que estaba iluminado. Pasó el último trolebús y, como debemos entender, su querida conocida jamás llegó.

La señora Dasy entendió que podría estar perdida..

No tenía idea dónde estaba, solo sabía cómo llegar al salón de té porque la habían llevado desde niña, siempre la iban a buscar, pero desde que George, su chofer, murió, se las ha tenido que arreglar sola, y al ser una ocasión especial, decidió invitar a las demás a su preciado salón de té, pero estaba en medio de la nada, completamente sola. El zapatero había tomado uno de los trolebuses que pasaron antes de la hora final y el guardia despareció entre otras calles.

La señora Dasy no andaba ni con cigarrillos para calmar la soledad, comenzó a tener miedo, un miedo que jamás había pasado por su cuerpo, miraba para todas partes, aún siguiendo sentada en el paradero. Miró a su alrededor y solo sentía cómo la envolvía la neblina de esa noche. Sacó su pañuelo para sacar las lágrimas que le borraban el maquillaje, porque pensó en las miles de cosas horrorosas que pueden pasar en una noche, pudo haber llamado a alguna puerta, pero no se puede confiar en extraños.

Sintió que su cuerpo se iba, y fue entonces cuando retomó la costumbre de haber sido protegida por su prometido Nathan que ya no estaba con ella, pero de todas formas para distraer el temor, lloraba su nombre a gritos mientras trataba de circular la calle apagada. Caminó al salón té, al fin, pero no quiso entrar, toda la gente la conocía y jamás había entrado sola, sintió vergüenza, así que siguió de largo su camino.

Mientras se entumía de miedo, sentó compostura y guardó sus lágrimas para llorar a Nathan en una ocasión menos congojosa, trató de ver más allá de lo que se podía, y desvió su paso recto a un callejón.

Escuchaba gatos, y perros, bebés llorando, y a una señora que cantaba un blues diciendo en cada segundo "Landstyle my dear, is the way that we live, Landstyle, is the best place for us"

Se grabó esa parte de la voz suave de la señora cantora, y seguía su paso lento y desorientado. Miró hacia una esquina un poste de luz deteriorado, fue entonces cuando recordó su niñez, y se vio a los doce años con su padre caminando por aquella calle, donde su éste le compró un caramelo en la calle siguiente llamada Landfeel.

Volviendo a sus cincuentaydos años, la señora Dasy logró calmarse, fue deprisa a la calle de sus memorias, y efectivamente era Landfeel, y era justamente la calle que daba paso al callejón Piotr, directo donde daba salida a los taxis.

Llegó como pudo al final de dicho callejón, tomó un taxi y se vino a casa. Cuando llegó, no hizo más que pensar en cómo hubiera sido el haber estado con esas mujeres en el salón de té. No habría vivido el miedo real que vivió esa noche, pero por sobretodo jamás hubiera llamado como no lo hacía hace tiempo a su querido Nathan.

A pesar de haber quedado plantada, le gustó comenzar así su diferente vida.

Eso sí, al día siguiente mandó notas a sus buenas acompañantes, con más énfasis a Elianires, diciendo, que lo pasó estupendo y que no se molestaran en esperar otra invitación.

domingo, 26 de junio de 2011

Paloma negra

Todavía queda sombra
para evitar
verme amanecer.
Ya no sé si es
posible convocarle
una vez más al cielo,
pero de lo que sí
estoy segura,
es que no hay
cosa más aburrida
que mirar las estrellas,
sino puedo deshacer esa luz
para iluminar tus ojos.
Solo para que
vuelvas a mirarme.
Donde quieras que estés,
me dedicas como
una paloma negra,
sin rasgos coloridos
en tu andar.
¿Dónde te he visto con
ese disfraz de mujer?
Antes de dormirme
quiero entregarte
el primer vuelo
que no te pude dar.
Y mis manos
siguen en tus manos,
y siendo paloma negra,
no eres de nadie más.

Amor de mí.









domingo, 19 de junio de 2011

Bel & Marian

Terminé lo que faltaba en casa de mi prima, unos retoques donde cada pared era un símbolo colorido de lo que sentía extraño dentro de mi cuerpo. Me acosté tarde, pero costó que durmiera, nervios tontos que me hacían imaginarte, ahí, viéndonos frente a frente, por primera vez después de un largo año lleno de acontecimientos que yo tuve que soportar y, tú alejándote, yéndote, pero con el previo aviso que volveríamos a comunicarnos. Así fue, y yo te propuse, insistí en que al fin sucediera el conocerte. Quedamos.

El día había llegado, por fin, me levanté media justa, mi tía por más que trató de cocinar rápido, comí lo del día anterior, pero ella entendía que este día era lo más sagrado para mí. Mientras digería, vi el reloj que pronunciaba sus pasos como imponiendo fuerza en que me apurara. Eran las dos y cuarto. No me comí todo, solo quería llegar al metro y que el momento pasara. Fui a arreglarme y en ese momento recordé que no tenía cómo llevarte aquello, así que acudí a la ayuda de mi prima y me pasó una bolsita muy linda de bebé, donde empaquetan regalos grandes para los recién nacidos, mi regalo quedó perfecto.

Durante el camino solo pensaba en qué sucedería cuando te viera, recorrí un pasadizo que me llevaba por todo el año en que sólo conversábamos por la virtualidad, y que al fin, al fin, sí, al fin iba a verte, escuchar tu voz, oler tu esencia... nervios. La gente me colocaba más nerviosa porque todos miraban la bolsa que llevaba (era llamativa, no por el color sino porque el tamaño que me cubría las piernas, y yo soy una enana), pero me distrajo el hecho de andar así, porque en poco tiempo llegué a mi primer paradero: Las Rejas.

En el metro pensaba en el miedo que iba generando mi dolor de estómago, no sé, tonteras que piensa una cuando va a conocer a alguien, esa inseguridad que me ha acompañado desde pequeña, se hizo más presente el día de conocerte. Fue tanto el miedo que pensé en devolverme, lo pensé demasiado, pero no lo hice. Era incapaz de cometer ese delito si lo único que pretendía este día, era estar contigo, expresarme a ti.

Llegué entonces, en menos tiempo que mi primer paradero, a nuestro punto de encuentro: Metro Toesca.

Salí a una de las boletarías y me instalé, coloqué la bolsa entre mis piernas y saqué mi teléfono celular. Eran las tres con veinte. Quedamos a las cuatro de la tarde. Soy magnífica! - pensé, esa puntualidad que me cuesta, pero este día lo logré en un récord implacable.

Los minutos pasaban y mis manos empezaban a sudar, de pura ociosa saqué de nuevo mi celular y comencé a grabar tonteras con voz infantil, y al mismo tiempo observé la hora y ya se acercaba nuestro momento. Pero estando parada ahí dudé: miré hacia el lado y noté la otra salida del metro, dudé en que a lo mejor saldrías por aquél lado y no por donde yo estaba, así que te llamé…efectivamente había llegado, así que agarré la bolsita y fuí rápido hacia la otra salida.

Subí las escaleras con unos escalofríos que se notaban en la frialdad y sudor de mis manos, hasta que llegué a la boletería y ella me vio primero. Yo la observé, nos acercamos, nos dimos un abrazo, y le dije una hola medio tiritón y sonreí, ella de igual forma me respondió. (Cuando te vi, amor, cuando miré por completo con todos mis sentidos, sentí eso que no muchos creen, no sabía ni como llamarlo, pero solo supe eso tan grande que uno siente a primera vista, al tocar con el viento tus ojos) Bajamos por el otro lado del metro para ir al parque Forestal.

Calladas íbamos en el vagón, y para generar conversa, le comenté el hecho de esperarla en la otra boletería del metro, solo me sonreía. No sabía que otras cosas comentarle, y las veces que le decía algo me contestaba de una forma no muy simpática. Su tono de voz no era lo que yo quería escuchar y yo entre nervios y estupidez, le decía que era una pesada.

Cuando al fin llegamos a Forestal, notamos la masividad de gente que había, era obvio, era sábado y la juventud se esparcía por todo el parque. Nos encontramos con grupos de gente que teníamos en común pero no queríamos incluirnos, el día era de nosotras. Marian y yo.

Dentro de toda la gente, nos pusimos en una parte donde podíamos verlo todo, nos sentamos en el pasto. El rato pasaba y no había comunicación, me empecé a sentir fracasada. Y yo sabía que si queríamos hablar era yo quién debía partir, porque de cierto modo siempre supe que era más callada que yo. Sin embargo, de repente, me habló: Me gustan tus ojos, te los voy a quitar. A esto le respondí una confesión: A mi no me gustan tus ojos, me gustas tú.

Ella respondió preguntándome si era cierto lo que le estaba diciendo, yo por supuesto asentí. Y ahí quedó la conversación.

Igual esperé algo, pero no, disimulé. Entre tanto, surgieron intercambios de palabras, y cuando opté por colocar mi cabeza en tu cuello( huele tan bien, vida) me abrazaste. Estando ahí pensé en besar Tu mejilla. Al hacer este acto, no fueron mejillas las que toqué, sino tus labios, sentí la suavidad de tus labios pintados, la humedad. El roce tan lindo que estremeció mi cuerpo, cerré mis ojos, y sentí que era la mujer más feliz de la tierra. Fue el beso más hermoso y sincero que recibí. ( lo llamamos tú y yo: el beso labial). Estuvimos mucho rato abrazadas. Me gustaba la idea de colocar mi cara en tu cuello, sentía tu esencia. A ratos, solo a ratos, me daba risa cuando notábamos que se aproximaban personas y me decías: Viene gente normal. Me reía tanto, a lo mejor exageraba pero aún estaba nerviosa y me derretiste más cuando me dijiste: Te quiero.

Yo también - le respondí.

No quería despegarme, era el día tan perfecto, pero se hacía tarde y nos debíamos marchar. Cuando llegamos al metro, nuestra despedida, notamos que además iríamos por diferentes lados. Quise besarla, pero la gente estorbaba todo. Al despedirnos nos abrazamos, ahí me dijo pausadamente: te amo.

Le respondí un yo también con suspiros entremedio, le besé la mejilla y nos quedamos de ver nuevamente. Le pasé la bolsita y se marchó. Me fui de vuelta con el corazón vívido, con un respiro diferente, todo por haberte conocido.

- F: Si se fijan por acá, esta el metro Toesca, mi departamento queda a diez minutos.

- D: Sí, yo vine una vez con Tomás por acá, y tú Cony…ubicas aquí?....Cony….

Recorrí nuestro primer día, mientras caminaba después de clases al departamento de un compañero…



Bebé te ama, siempre.

jueves, 16 de junio de 2011

Luna llena

Después de varios días, apareció.
Hemos coincidido.
A veces es tan inesperada, pero siempre estoy atenta, y es que me duele tanto tanto, más con este frío de mierda que me tiene hasta el pelo congelado. Y me acuerdo: ese chaleco que pasó por mi cuerpo, está en sus manos, no es una estufa, pero lo usa, le gusta, y se lo di. Debe tener mucho más frío que yo, amor. Sentí ese viento tan helado cuando salí cerca de las nueve de la noche, a comprar lo que necesitaba según indicaba mi pronóstico vital, miré el cielo como de costumbre. Siempre lo hago de noche, imagino tantas conexiones con las pocas estrellas que se muestran. Sé que siempre veo y veré las mismas estando bajo el smog, pero imagino algo distinto cada vez que apunto una con mi dedo.
Miré la luna, estaba hermosa y llena. Me hipnotiza la luna tan redonda y brillante, completa. Volví a un momento como varios que llevo dentro que no se van y no se irán nunca. Y es cosa diaria, que lo que mire coincida en el paso que transforme todo en un momento junto a ella.

Fuimos por su corta viento y por mi chaleco ( el suyo ahora). Nos veíamos tan lindas, ambas con zapatillas de hombre, ambas con pantalones cortos, ambas con olor a agua cordillera. No sé qué hora era, pero estaba oscuro, que hasta andaba con linterna en la mano. Nos pusimos en un costado de la casa de campo, y miramos al cielo, le mostré la infinidad de estrellas que podíamos atrapar con nuestros ojos.
De la mano, avanzábamos pasos y sentimos que alguien adaba cerca del gallinero, era mi tía, la alumbré con la linterna , me sonrío y siguió su camino. El resto era el paisaje nocturno, el silencio y la luminosidad del cielo.
Estuvimos no mucho rato ahí, pero el amor brilló de una forma tan romántica como otras veces, pero los distinto era el estar lejos de todo, el estar tú y yo entre un paisaje negro, con el sonido de los árboles, los grillos, el olor silvestre. Y la canción de nuestros besos.

Fue tan hermoso, desde que fue ese momento, siempre que miro el cielo lo recuerdo. Lo recuerdo tanto que el frío que sentí al momento de ir a comprar, se lo llevó la luna en mis ojos.



Y la mosca extraña que no dejaba de pronunciarse en el camino de vuelta.








C(chita).